Sería apresurado llamar estas notas con el nombre de diccionario. Estos apuntes y bocetos intentan recoger algunos conceptos, palabras, ideas, afectos que han ido germinando o surgiendo a lo largo de la investigación sobre el amor. No hay una jerarquía de importancia, ni un orden claro, aunque entre ellos abundan las conexiones obvias o secretas, patéticas, solemnes o banales. Pero lo que es indudable, todas, con sus matices y distintas intensidades, son relevantes e imborrables. El diccionario no intenta definir, es decir marcar los límites del significado, sino infinir; lo que quiere decir: desea ser inacabado e infinito, por tanto, es utópico, puesto que pretende rozar las experiencias de vida, libertad y amor mediante el lenguaje.

Instrucciones de lectura: los conceptos están enlistados alfabéticamente, que es un orden completamente ajeno a cualquier tentación de priorizarlos. Unos cuantos solamente están apuntados, esperando o no su posterior desarrollo, pero aun así mencionados, generan conexiones. Entre cada uno de ellos, son necesarias unas pausas de silencio, lo que tarda un respiro, nada más.

Biografías cruzadas: A los narradores de la Enciclopedia que estoy consultando, no se les había escapado que Mata Braunštajn, mi padre, en su acta de nacimiento tenía el mismo día y el mismo mes de nacimiento que Danilo Kiš: 22. 02. Y que estos “tres veces 2” seguramente tendrían un significado cabalístico relevante, si alguien quisiera investigarlo. La siguiente coincidencia, la que tal vez han compartido con muchos otros nacidos en los años 30 del siglo pasado en Yugoslavia, es que de niños tuvieron que inventarse unos juegos y diversiones acordes con los tiempos de guerra. Por ejemplo, mi padre robaba unos huevos debajo de las gallinas y, así todavía calientes, los intercambiaba por unos cigarrillos con los soldados, a veces alemanes, a veces partisanos yugoslavos. Así empezó a fumar ansiosamente, a pesar de constantes regaños y amenazas de su hermano mayor. Aunque llevaba un apellido de origen judío, el catolicismo heredado de su madre lo salvaguardó durante la ocupación alemana. Sospecho que su gusto por la bebida era un pretexto para poder alegrarse y charlar largamente, mientras levantaba y meneaba rítmicamente la mano en la que faltaba un dedo, que se había cortado por accidente. Cuando le tocó la siguiente guerra en los 90s, y cuando todos sus familiares comenzaron a exiliarse a Croacia, esa vez justo por ser católicos, mi padre fue el único quien se negó: “ésta es mi tierra, la que trabajo y la que nos alimenta. No me voy, que pase lo que tenga que pasar…” Y a ellos no les pasó nada. Yo me fui. Los narradores de la Enciclopedia cuentan una coincidencia más que mi padre comparte con Kiš, esta vez menos feliz: ambos murieron de un cáncer pulmonar, Kiš en 1989; mi padre mucho después, en el año 2014.

Desterrado/a: deportado, exiliado, refugiado. El quien, despojado de su tierra, de su país o de sí mismo, busca un refugio. El quien, a marchas forzadas, tiene que abandonarse parcialmente, re-hacerse. En las palabras de Hannah Arendt: “Un hombre que se renuncia a sí mismo en realidad revela las posibilidades de la existencia humana, las cuales son infinitas como toda creación. Pero el descubrimiento de una nueva persona en uno mismo no es fácil, es desesperanzador así como lo es la creación de un mundo nuevo.” (“Nosotros los refugiados” en The Menorah Journal, 1943). En este sentido, todo exilio, a parte de ser un corte, una “vuelta de tuerca”, un desastre existencial, es sobre todo, una posibilidad nueva de amar, por más contradictorio que esto parezca. Nuevas tierras, nuevas personas, nuevas lenguas.

Ya sabemos, amar a uno/a extranjera/o (el amor siempre es hacia lo extranjero desconocido) no es fácil: te ofrecen algo y tú lo malinterpretas, te emocionas y resulta que no era lo que tú pensaste; te seducen con las palabras dulces de la promesa que no entiendes; tú sabes lo que dices pero no tienes ni idea sobre lo que el otro ha entendido; te pierdes después de dar tres vueltas sobre la misma explanada; te pierdes, te pierdes, así redundantemente…

Se podría hacer una narrativa histórica sobre el mundo entero a partir de las historias de los refugiados, deportados, desterrados: sus pies hinchados, sus manos señalando lo que las palabras no alcanzan expresar, las pérdidas de propiedades, trabajos, amores….Me acuerdo de algunos pueblos de Srem -Kukujevci, Hrtkovci- donde vivían algunos familiares, campesinos pacíficos cuyas vidas se regían por los ciclos repetitivos (en primavera la siembra, en otoño la cosecha, en verano la festividad mayor del pueblo, gallinas y cerdos en el patio trasero, aullido de perros y viento en las madrugadas invernales, geranios en las ventanas, olor a manzanas y membrillos en la cocina). Y me acuerdo cuando llegaron estos familiares un día con las cosas que pudieron recoger, a pernoctar en nuestra casa antes de partir a otro país. Estaban desconsolados. Fueron expulsados. Les había caído el efecto de la llamada “limpieza étnica” por ser una minoría católica. Les dimos el refugio, en la mañana siguiente nos abrazamos y en medio de llantos y angustias, vi sus espaldas agachadas por la carga pesada, alejarse sin remedio.

Esto fue en los años 90. Y ahora, para muchos otros, no es diferente: afganos, sirios, iraquíes, paquistaníes, guatemaltecos, hondureños, mexicanos…

Dual: En las antiguas lenguas eslavas, había tres números gramaticales: singular, plural y dual. Este último, algo como un “nosotros” o un “ellos” que se refiere solamente a dos entidades que hacen pareja. Se usaba para expresar aquellos elementos que tienen un sentido de paridad significativa. Tal vez esta forma gramatical guarde alguna relación con la figura de amor: el número dual comporta la alteridad, pero también el sentido de reciprocidad.

Extranjero: eres un problema, un deseo.

Heimlichkeit: término alemán, que dependiendo de su contexto, puede desprender varios significados: clandestinidad, secreto; pero también, discreción e intriga; y todavía más, familiaridad, intimidad, lo hogareño. ¿Cómo es posible que una palabra pueda encerrar unos significados tan distintos, que al juntarse, producen asociaciones insólitas, dudas, hasta perturbaciones?

En el inicio de nuestra investigación, el deseo era arrancar el amor de esta exclusividad familiar, de su lugar doméstico (y bien domesticado), de su clandestinidad social, de su mistificación como algo secreto, oculto, sobre lo que no se puede hablar sino solamente sentir; queríamos ponerlo de nuevo en el centro del movimiento, nuestro, de la comunidad, de las luchas; porque el amor es esto: el motor, la transformación y la creación; no es una propiedad familiar, es un bien común.

Matria: “Está después ese otro abismo que se abre en el cuerpo y lo que ha sido su interior: está el abismo entre la madre y el hijo. ¿qué relación hay entre yo, e incluso más modestamente entre mi cuerpo y ese pliegue-injerto interno que, una vez cortado el cordón umbilical, es otro inaccesible? (Julia Kristeva, “Stabat Mater” en Historias de amor, p. 244. 1983.) La matria es el lugar interno de partida, sin coordenadas geográficas, sin ciudades ni paisajes; el primer sonido de la lengua materna; pero también, es la condición permanente del destierro y del exilio del propio cuerpo, de la propia lengua. Aun así, con el dolor y el abismo del exilio incluidos, dicen erradamente, el amor incondicional…

Frecuentemente se me olvida lo que he tenido que aprender desde pequeña; por ejemplo, sobre la fuerza de gravedad de las palabras (una pensaría que la palabra no tiene que ver con esas leyes de la materia) y a veces, las hago muy pesadas. Todavía no ordeno bien la historia de aquella bisabuela: justo cuando la primera gran guerra, algún ejército de por allá había movilizado a su recién marido; ella tenía 19 y un vientre cada vez más voluminoso… Posteriormente, a la intemperie, (campiña eslava, al fondo, sonidos de algún bombardeo lejano), parada y apoyándose en un nogal, parió sola. Un par de años después, abandonó la esperanza de volver a ver a su esposo (mi ancestro de rostro inexistente), decidiendo que el único hombre a su lado iba a ser su hijo. Era él su centro y su mundo. Cada vez que sentía alguna amenaza hacia su vástago, arrojaba esa palabra grave que pocos entendían a su alrededor, porque hablaba un alemán arcaico, rabioso. Yo no quise creerlo, me daba miedo aceptarlo, pero mi última zambullida en los archivos y fechas familiares, lo ha confirmado: su palabra de venganza, la maldición hecha del dolor de una mujer abandonada, del amor incondicional de una madre herida, tuvo un poder mortal.

Y no sé qué hacer con tanta densidad que de pronto hago en mi lengua materna, no únicamente en las palabras, sino también entre ellas, que sólo espero el soplo del viento para que aligere su paso.

Mi participación en “Amor en Serbia” (el título se transformó en “Como un poco de agua en la palma de la mano”; en el momento de escribir esto, no sé cuál sería) comenzó poco después de la muerte de mi padre. Lo lloré (sin testigos, a escondidas) en cada paso que dimos por el terruño, lo que me nublaba, entorpecía o esclarecía los encuentros. En la última fase del proyecto de Mireia, también nos dejó mi madre. Me acuerdo, mientras la cuidaba y escuchaba las palabras maternas desarticularse, mientras lavaba sus piernas y sus manos hélidas, mi cuerpo que no será madre se desgarraba menstruando: largas horas de dejar ir lo que ya no es mío, lo que ya no podrá ser.

El amor es también para los que nos dejan irremediablemente.

Muerte: Citando a alguien más, Mireia me dijo: “el amor es para los muertos también…” Sin embargo, no puedo evitar el pensamiento sobre la frustración de seguir construyendo la relación con alguien ausente, en la cual solo yo pongo los signos y los afectos y en la cual, a mi llamado “ven”, como diría Derrida, ya no hay respuesta.

De todas maneras seguimos relacionándonos, aunque en el fondo sabemos de antemano que alguien tendrá que irse primero, y que nuestro llamado, en algún momento ya no será contestado. Como un acto de amor, Mireia propuso recuperar las fotos en mal estado del Memorial en Srebrenica. También siento que seguir amando a los muertos pasa por las imágenes fotográficas, porque como dice Barthes, “la fotografía lleva siempre a su referente consigo, estando marcados ambos por la inmovilidad amorosa o fúnebre, en el seno mismo del mundo en movimiento…” (Cámara Lúcida, p. 33. 1980)

Mientras estoy sentada en el pasto en Srebrenica, esperando el entierro múltiple, pienso en la tierra. Si quiero decir algo sobre la tierra, entonces diré sobre el cuerpo. La tierra de nuestros cuerpos, ¡es la verdad más obvia que estoy descubriendo de golpe!: que no hay tierra sin sangre, que la sangre corre y mueve a la tierra; que aquí estamos llorando juntos, en nuestras lenguas, porque nuestros muertos son semejantes; que estoy sentada junto al ataúd de alguna desconocida, pero mi gente, que murió hace 19 años y apenas ahora puede ser enterrada con nombre y apellido. Porque los muertos reclaman su nombre y su lugar en esta tierra…Y yo descubriendo obviedades, me siento avergonzada y rota, y a la vez, acogida y arropada por unos catalanes, estos extranjeros amigos que me acompañan.

Patria: Según unos diccionarios etimológicos, la palabra patria viene del latín, de la forma femenina del adjetivo patrius-a-um (relativo a “padre o “antepasado”). De la expresión terra patria, con omisión de terra, quedó la voz patria para designar el país de origen o el lugar de las raíces. Ahora se usa para señalar los vínculos afectivos, jurídicos y/o históricos del individuo con un lugar.

Retengo la primera imagen de mi llegada: verano húmedo; enjambre de moscas y abejas; en los tejados, palomas. Se respira tilo en flor: terruño. Encontrarme con la patria, que ha cambiado de nombres y fronteras, poca gente conocida, volver a tantear la lengua materna y con el padre ausente. “Qué rápido palpita en mi tu corazón”, leí este verso en alguna parte, ya no sé dónde, y pensé en mi padre. Sin él, soy inevitablemente apátrida.

Quiero atender el consejo de Kiš, quien aborda su experiencia de guerra sobre todo a partir de su relación con el padre: que la escritura sea una posibilidad de exorcizar esta obsesión por los puntos dolorosos de mi biografía; rozarlos, pero sin patetismo, banalidad ni efectos especiales. Y sé que la verdad y la fuerza de la emoción y del sentimiento no necesariamente dan como resultado una verdadera y potente escritura. Pero, hay que darle alguna forma, buscar en la niebla, como nos ha dicho Mirjana Miočinovic.

Tierra, padre, antepasado, lengua, “nuestras lenguas”, apátrida, heimlichkeit, secreto, clandestino, amor, pérdida… En muchos lugares, Kiš escribía sobre las (im)posibilidades de la patria: “El señor sin patria se convenció una vez más de hasta qué punto las fronteras que dividen los mundos son insalvables y hasta qué punto la lengua constituye la única patria del hombre.” (Laúd y cicatrices. “El apátrida” p.8). De su madre, Kiš había aprendido la lengua serbo-croata (todavía se llamaba así); de su padre, el húngaro. Así, cuando hablaba en serbio, le acompañaba un encantador acento extranjero proveniente del húngaro, y dicen, hablando el húngaro, se le escapaba inevitablemente el acento serbio.

Me resulta completamente incomprensible el “amor a la patria” en un contexto de los delirios nacionalistas estatales patriarcales. Le tengo afecto solamente a las palomas en los tejados, a nuestras lenguas entremezcladas, al puñado de la tierra que mi mano esparció sobre el cuerpo de mi padre.

Totschweigen: palabra en alemán que designa el silencio sobre algo y cuyo acto de callar, de no nombrar, pretende desaparecer a este algo, es decir: dar muerte con el silencio.

Amo mi olvido: es mi mejor amigo y amante. He pensado que es la muerte, pero ahora sé, que es la amnesia la que resuelve todo. La muerte y el olvido, son dos caras de la misma página. Por ejemplo, mi muerte no está en algún momento por delante, en un futuro desconocido. La muerte está atrás, en el recuerdo pálido de algún rostro querido, o en algún paisaje en el cual yo ya no estoy. El olvido de conceptos, palabras, rostros, nombres, sucesos, belleza, horror, fuego, hielo, cuerpo, menstruaciones, tiempo y materia. Muerte de la memoria: salvación de las falsificaciones mundanas de la existencia.

Con estos términos alemanes, no puedo dejar de pensar en mi madre, que siempre ha sido tan orgullosa de sus raíces germánicas. Fue mi madre la que dijo que hay que olvidar todo… Y yo, en alguna otra ocasión, había escrito algo parecido: El odio se siembra y se engendra: te preñas del odio o de un exceso de memoria y entonces solamente puedes indagar en las tumbas y entre los huesos, conversar con los fantasmas y volverte sordo a las voces de la vida; con los muertos partir pan y beber café y rakija. Estos recuerdos son como unos dolores arraigados y petrificados, como aquellos que se sienten en el lugar de alguna parte cortada del cuerpo. Y sigues pensando que son reales, pero ellos, ya no están. Y mientras te hablo de esto, todo lo que mi memoria llama, la tierra que me dio a luz y que yo quiero que sea sólida y estable, que sea mía; algunos dedos cortados en el cabello de alguien; el horror de la imagen de sangre en la nieve; algún arrullo lejano…Nada de esto ya está. Por fortuna, cada vez olvido más.

Vida: Mirea me ha sugerido incluir este término en los apuntes de infiniciones de amor, porque para ella la reinvención de amor va de la mano con la supervivencia. Estoy de acuerdo. No sé qué decir de la vida, pero me seduce el reto de pensar sobre las posibilidades como sociedad de recrear nuestro vivir juntos. Ella me recordó lo que escribí en alguna otra ocasión:Cuando se abre la pregunta sobre el cómo vivir juntos, cómo crear nuevos tejidos sociales, cómo practicar la comunidad, nunca hay que dejar de hablar sobre el amor, dejar de amar. Y esto significa que algo ocurrirá. No hay amor inoperante, tampoco inocente.

Yugoslavia: país desaparecido cuya ubicación geográfica tenía lugar en la región de los Balcanes. Ahora empacado endiversos museos de la revolución, túneles y fábricas convertidos en memoriales, búnkeres transformados en ferias de arte, monumentos abandonados. “Nací aquí, pero no soy de aquí”, no dejaba de pensar, y me siento medianamente extranjera quien no simpatiza con esta mirada del turismo consumidor de desastres que estamos encontrando por todos lados.

Nuestra reconstrucción del país traza las trayectorias entre Sarajevo, Srebrenica, paisajes bellos, pueblos desolados, mensajes de amor, trenes. Decía Buden: “acá el pasado es más actual que el presente y más incierto que el futuro”. Y cómo no va a ser así, si puede explotar en cualquier momento: el pasado en estas tierras es un campo minado. Los ríos Sava, Neretva, Danubio (el Danubio de Kiš, su consciencia; el escritor cuenta que su entrada a la vida consciente fue a partir de la masacre que presenció junto al Danubio congelado: los nazis habían roto la superficie del hielo para poder meter allí los cadáveres. La matanza terminó cuando ya no había lugar en el río, denso por el frío, carne y sangre). Y ahora, en las orillas del Danubio, un Vukovar completamente nuevo y un Novi Sad de siempre…Nos bañamos en sus aguas. “What color is your flag when it burns?” leímos en los muros de Priština en Kosovo. Eso de inventarte un pasado nuevo puede resultar en literatura de terror, pensé en Skopje, repleto de héroes y monumentos de reciente construcción. Y en Subotica, ahí en la frontera norte, Mireia recordaba que nuestra investigación sobre el amor tenía que consistir también de actos de amor; yo quería encontrar un lugar donde en los tiempos universitarios solía gritar con unos amigos debajo de un puente de trenes; ella me quiso ayudar buscarlo, tal vez gritar conmigo. Pero debajo del puente ahora vive una persona y el grito de catarsis nos pareció más que inoportuno. “Cada vez resulta más difícil encontrar un lugar para gritar a gusto”, me dijo Mireia. Y eso de retornar, de contrastar los trozos de memoria con la realidad escurridiza, de buscar un país perdido en los escombros y los brillos neoliberales, pensé, debe ser un acto de amor y locura.

Helena Braunštajn, Ciudad de México 1 de mayo de 2018

*Texto publicado en: Kao malo vode na dlanu, informe de un interrogatorio sobre el amor en Serbia. de Mireia Sallarès. Fundación BBVA, Barcelona, 2018.

Un comentario en “Notas para un diccionario de infiniciones de amor

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